El lunes 8 de abril empezó como cualquier otro día que estoy de visita en el puerto: al cuarto para las seis de la mañana el graznido de los zanates, posados sobre los cables de luz, se coló por mi ventana. Yo había viajado a Mazatlán para alcanzar la franja de la totalidad, un área con menos de 200 kilómetros de ancho, desde la cual sería posible presenciar el momento justo en que un satélite opaco, sin luz propia, ocultaría a una estrella incandescente que “arde” a millones de kilómetros de distancia de la Tierra.
Aquí mi colaboración para: Este País
