Una tarde en el MoMA con Gabriel Orozco

Hace unos fines de semana tuve la oportunidad de ver la exposición “Ecos de lo eterno” en MARCO. Entre las 140 obras exhibidas, encontré una pieza de Gabriel Orozco que me hizo recordar esta breve reseña que escribí con motivo de su retrospectiva en el MoMA.

Escritos del baúl (2010).

Me autoreceté “distracción” para mi creciente y enfermiza obsesión por los problemas de mi país. Obediente a mi prescripción médica, dejé sobre la mesa los periódicos, cerré la computadora y salía a dar un paseo.

Escogí el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de Nueva York (MoMA) como destino. Era el último fin de semana en que se mostraba la exposición de Gabriel Orozco, un artista de quien, confieso, desconocía su obra.

Conforme avanzaba por la calle 54, sentí un creciente entusiasmo por ver obras de autoría mexicana. Gabriel Orozco (Veracruz, 1962) es nada menos que el tercer mexicano a quien el MoMA le dedica una exposición individual. Antes, sólo Diego Rivera y Manuel Álvarez Bravo habían recibido este privilegio.

El trabajo de Orozco se caracteriza por su inventiva y fluye libremente entre el dibujo, la fotografía, la escultura y la instalación. La revista The New Yorker lo calificó en el 2001 como «El principal artista conceptual de su generación».

Una vez adentro, pagué mi entrada y me dirigí al sexto piso por el ascensor. En el segundo piso también había una muestra de los trabajos del artista, pero decidí visitar este espacio al final del recorrido.

Arriba, lo primero que hice fue tomar una fotografía de los muros que enmarcaban el inicio de la exposición. La imagen, una gigantesca nube de humo frente a la cual un niño hace una bombita con goma de mascar color rosa, me resultó provocativa, y de inmediato me hizo imaginar un volcán haciendo erupción en una isla del Pacífico. Aunque me gustó mucho, de ningún modo me preparó para lo que encontraría a continuación…

En el suelo, frente a una pared inmaculadamente blanca, uno se topaba con una caja de zapatos vacía y blanquísima. La única mancha en la pared: un minúsculo cuadro con el letrero “Empty Shoebox” (1993). Creo que leí esas palabras al menos tres veces, en un intento por entender lo que significaba la obra. No queriendo reconocerme a mí misma como estúpida o, lo que es peor, inculta por convicción, empecé a dar vueltas alrededor de la caja tratando de abarcar todos los ángulos de visión posibles.  No funcionó. Yo seguía sin entender.  Por un momento, mi paranoia tipo avatar me hizo pensar que, quizás, habían repartido lentes de tercera dimensión en la entrada y yo no me había dado cuenta. Para colmo, una pareja de orientales que se encontraba justo a mi lado no dejaba de hacer exclamaciones con tono efusivo, como si todo fuera tan claro… Permanecí quieta hasta que me quedé sola frente al objeto; entonces intenté taparme el ojo derecho para verla sólo con el izquierdo y viceversa. De nuevo, no pude encontrar el truco. Rendida, decidí avanzar.

Ahora me detuve frente a tres paredes, igualmente altas e impecables. En el centro de cada una, colgaba una tapa transparente de yogurt danone. El letrero decía: “Yogurt Caps. En esta ocasión, ya no hice ningún movimiento extraño y me limité a asentir con la cabeza, como lo hacían el resto de los visitantes.

El día que yo visité el museo, la exposición estaba muy concurrida. Este hecho me produjo una felicidad nacionalista momentánea. Observé que la gente se arremolinaba frente a las obras “Black Kites” (1997) y “D.S.”  La última se trata de un Citroën DS cortado en tres partes para dar forma a un coche alargado.

Personalmente, yo disfruté una serie de cuarenta fotografías llamada “Until You Find Another Yellow Schwalbe” (1995). Las fotografías muestran a un par de motonetas amarillas en diferentes lugares de Berlín.

En mi camino de regreso al Upper West Side, pensé que, efectivamente, había logrado distraerme y olvidar los titulares sangrientos de los periódicos, aunque eso significara, por ahora, tener sentimientos encontrados hacia el arte moderno.


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