Reseña de La isla de la Piedra

Por: Javier Leonardo Torres Nafarrate

Si se leyera este escrito como se leen todas las novelas, dejándose guiar por los personajes y la historia, entonces se tendría que reseñar este libro como se enjuician todas las novelas: que si la trama, que si la perfecta configuración psicológica de los personajes, que si la tensión interna del drama se sostiene sin pausa, que si los seres humanos descritos reflejan de manera plena sus emociones. Pero, lo que más me sorprende en este texto es el hecho de que es el mar quien habla (véase la figura 1). Así como Wittgenstein vivía deslumbrado por el misterio de estar el mundo construido de tal forma que hacía posible el verse a sí mismo, y que los físicos no eran sino momentos de esta complacencia, así en esta historia es el mar quien hace viable contemplarse a sí mismo. No hay en este libro una sola página donde el mar no destaque en forma sorprendente. Y desde las primeras páginas:

Cuando la lluvia caía, yo me apresuraba a abrir las ventanas del estudio. No quería perderme el sonoro golpeteo de las gotas de agua al tocar las piedras del camino, ni el fresco olor a lluvia mezclándose con el vetusto aroma que despedían los libros de la biblioteca. Solía acomodarme en un taburete con la cabeza apoyada en el marco del ventanal. Desde ese ángulo la bahía quedaba totalmente expuesta: el mar gris meciéndose sin sentido, la bruma empañando todo lo demás… Tampoco podíamos nadar. A lo agitado del océano se agregaba una invasión de burbujas tornasoladas a lo largo de la costa. ‘Son aguamalas’ me dijeron. La picadura de aquellos seres era capaz de producir envenenamientos mortales, por lo que nadie se aventuraba a adentrarse en su mundo una vez que aparecían sobre la arena.

(Gálvez 18)

Y luego las destrezas de la autora: 1) la destreza del decir científico en la literatura cuando se propone, por ejemplo, describir la cápsula de vidrio del sumergible ideado por J. Dylan:

Un estrépito metálico anunció la apertura de una enorme compuerta. Me quedé sin habla. Lo que ahora veía me dejó estupefacto. Seis máquinas de apariencia cristalina se mostraban frente a nosotros. ¡Eran medusas gigantes! Una esfera, de diámetro suficiente para acomodar a un piloto en su interior… La clave [en respuesta de James Dylan] está en el material que hemos usado… Al novedoso aluminio transparente, creado por la fotoionización intensa con rayos X, lo mezclamos con otros nanomateriales y compuestos. Así conseguimos estabilizar su transparencia, al tiempo que logramos que la resistencia de las cápsulas no fuera menor a la de una cápsula de acero…

(Gálvez 200)

Y Dylan procedió a relatar cómo, habiendo pensado en las medusas, logró idear una ‘capa mágica’ para su sumergible. Se trataba de un manto gruesísimo, gelatinoso y transparente que envolvía a la esfera en su totalidad…

(Galvez 201)

La extraña ‘capa’ estaba compuesta por dos membranas de funcionamiento inteligente: cada una estaba tejida por una intrincada red de fibras de hidrogel de alcohol polivinílico y ferritina, además de otros elementos aún sin nombre… El espacio entre ambas membranas, o ‘mesoglea’, estaba relleno de un gel viscoelástico rico en fibras de colágeno, laminina, fibronectina, mucopolisacáridos. N-óxido de trimetilamina y otros osmolitos que evitaban la degradación de las proteínas a causa de las elevadas presiones.

(Gálvez 202)

Y finalmente, 2) la destreza apocalíptica:

De igual forma, la pérdida de hielo ártico genera corrientes heladas. Inviernos desgarradores podrían llegar al hemisferio norte. Europa se convertirá en la próxima Siberia… —¡Moriremos inundados exclamé! —Las aguas pueden extinguir islas enteras. Mira lo que ha sucedido en Long Island y Sumatra; o en ciudades como Nueva Orleans, Manila… —¡Georgina! —la frenó Arthur, que salía de bañarse—. ¡No alimentes las fantasías de tu hijo! —¿Fantasías? —arremetió mamá… Estaba claro que Arthur no compartía el entusiasmo ecológico de mi madre. ‘Ciudades desaparecidas, especies en extinción, sequías, hambre, colapso social: advertencias todas de película de Hollywood’, dijo mi padre. Mamá lo acusó de insensible y le recordó que las personas que más sufrían a causa de los eventos extremos del tiempo eran los pobres y los niños.

(Gálvez 27-28)

La mano de quien escribe 273 páginas sobre el mar no puede ser otra cosa que la personificación de aquello que Borges escribió en un soneto:

Antes que el sueño (o el terror) tejiera
mitologías y cosmogonías,
antes que el tiempo se acuñara en días,
el mar, el siempre mar, ya estaba y era.
¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
Y antiguo ser que roe los pilares
de la tierra y es uno y muchos mares
y abismo y resplandor y azar y viento?
Quien lo mira lo ve por vez primera,
siempre. Con el asombro que las cosas
elementales dejan, las hermosas
tardes, la luna, el fuego de una hoguera.
¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día
ulterior que sucede a la agonía.

(Borges, Jorge Luis. Nueva antología personal. Siglo XXI Editores, 2004, 17)

LIJ Ibero. Revista de Literatura Infantil y Juvenil Contemporánea Núm. 4 (2017)

Universidad Iberoamericana, usado bajo licencia CC BY-NC-SA 4.0

La isla de la Piedra


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